El ciclo supercontinental o ciclo de Wilson (John Tuzo Wilson), postula que cada 400-500 millones de años todas las masas de tierra emergidas se unen, formando un super continente.

El desplazamiento de las placas se realiza sobre una superficie esférica, por lo que los continentes terminan por chocar y soldarse, formándose una gran masa continental, un super continente. Esto ha ocurrido varias veces a lo largo de la historia de la Tierra. El super continente impide la liberación del calor interno, por lo que se fractura y comienza un nuevo ciclo. Así, las masas continentales permanecen, se unen y fragmentan en cada ciclo, mientras que las cuencas oceánicas se crean y se destruyen.

El último super continente llamado Pangea, se formó alrededor del período Pérmico hace 280-240 millones de años y su desintegración continúa en nuestros días.

Antes de Pangea, se había formado un super continente llamado Pannotia a finales del eón Proterozoico, durante el período Ediacárico (hace unos 600 millones de años). Su desintegración y los consecuentes choques obductivos entre placas se relacionan con la Orogenia Hercínica, de gran importancia en la formación de los relieves más antiguos en la Península ibérica.

Hace aproximadamente 1.100 millones de años, hubo otro super continente, Rodinia, que se dividió hace 750 millones. Comenzó a formarse a partir de tres o cuatro continentes preexistentes, un acontecimiento conocido como la Orogenia Grenville.

En el ciclo de Wilson se distinguen las siguientes etapas:

  1. El continente se fragmenta por acción de puntos calientes que abomban y adelgazan la corteza terrestre hasta romperla, originándose un rift continental (como el Rift africano).

  2. En la línea de fragmentación se empieza a formar litosfera oceánica (borde constructivo) que separa los fragmentos continentales. Si continúa la separación el rift es invadido por el mar y se va transformando en una dorsal oceánica. Los continentes quedan separados por una pequeña cuenca oceánica (como el actual mar Rojo).

  3. El proceso continúa y los continentes se separan progresivamente. Entre ellos aparece una cuenca oceánica ancha, con una dorsal bien desarrollada (como el Océano Atlántico actual).

  4. Cuando la cuenca oceánica alcanza cierto tamaño y es suficientemente antigua, los bordes de contacto con los fragmentos continentales se vuelven fríos y densos y comienzan a hundirse debajo de los continentes y se genera un borde destructivo. En esta zona se origina una cadena montañosa que va bordeando al continente (orógeno tipo andino, como la cordillera de los Andes). La corteza oceánica se desplaza desde el borde constructivo al de destrucción como una cinta transportadora, por lo que la cuenca oceánica deja de crecer (como el Océano Pacífico).

  5. Dada la forma esférica de la Tierra, otros bordes constructivos pueden empujar a los fragmentos continentales en sentido contrario, con lo que la cuenca oceánica se va estrechando (como en el Mar Mediterráneo).

  6. Finalmente, al desaparecer la cuenca oceánica las dos masas continentales chocan (obducción) y se origina un continente único (supercontinente), y sobre la sutura que cierra el océano se forma una cordillera (orógeno tipo himalayo, como la cordillera del Himalaya).

Actualmente las placas tectónicas en la superficie de la tierra con límites más o menos definidos, se dividen en 15 placas mayores (o principales) y 43 placas menores (o secundarias).

La teoría de la tectónica de placas, explica de forma bastante satisfactoria la forma como las inmensas masas que componen las placas tectónicas se pueden “desplazar”, algo que quedaba sin explicar cuando Alfred Wegener propuso la teoría de la Deriva Continental, aunque existen varios modelos que coexisten.

Las placas tectónicas se pueden desplazar porque la litósfera tiene una menor densidad que la astenósfera, que es la capa que se encuentra inmediatamente inferior a la corteza.

Las variaciones de densidad laterales resultan en las corrientes de convección del manto. Se cree que las placas son impulsadas por una combinación del movimiento que se genera en el fondo oceánico fuera de la dorsal, debido a variaciones en la topografía y densidad de la corteza, que resultan en diferencias en las fuerzas gravitacionales, arrastre, succión vertical, y zonas de subducción.

Una explicación diferente consiste en las diferentes fuerzas que se generan con la rotación del globo terrestre y las fuerzas de marea del Sol y de la Luna. La importancia relativa de cada uno de esos factores es objeto de debate.

El movimiento de las placas, se origina en unas corrientes de materiales que suceden en el manto, las denominadas corrientes de convección, y sobre todo, en la fuerza de la gravedad. Las corrientes de convección se producen por diferencias de temperatura y densidad, de manera que los materiales más calientes pesan menos y ascienden, y los materiales más fríos son más densos, pesados, y descienden.

El manto, aunque es sólido, se comporta como un material plástico o dúctil, es decir, se deforma y se estira sin romperse, debido a las altas temperaturas a las que se encuentra, sobre todo el manto inferior.

En las zonas profundas el manto hace contacto con el núcleo, el calor es muy intenso, por eso grandes masas de roca se funden parcialmente y al ser más ligeras ascienden lentamente por el manto, produciendo unas corrientes ascendentes de materiales calientes, las plumas o penachos térmicos. Algunos de ellos alcanzan la litósfera, la atraviesan y contribuyen a la fragmentación de los continentes.

En las fosas oceánicas, grandes fragmentos de litósfera oceánica fría se hunden en el manto, originando por tanto unas corrientes descendentes, que llegan hasta la base del manto. Las corrientes ascendentes y descendentes del manto podrían explicar el movimiento de las placas, al actuar como una especie de “rodillo” que las moviera.

Los límites de placas, son los bordes de una placa, y es ahí donde se presenta la mayor actividad tectónica (sismos, formación de montañas, actividad volcánica), ya que es donde se produce la interacción entre placas. Hay tres tipos de límites:

-Divergentes: son límites en los que las placas se separan unas de otras y, por lo tanto, emerge magma desde regiones más profundas (por ejemplo, la dorsal mesoatlántica formada por la separación de las placas de Eurasia y Norteamérica y las de África y Sudamérica).

-Convergentes: son límites en los que una placa choca contra otra, formando una zona de subducción (la placa oceánica se hunde bajo la placa continental) o un cinturón orogénico (si las placas chocan y se comprimen). Son también conocidos como “bordes activos”.

-Transformantes: son límites donde los bordes de las placas se deslizan una con respecto a la otra a lo largo de una falla de transformación.

En determinadas circunstancias, se forman zonas de límite o borde, donde se unen tres o más placas formando una combinación de los tres tipos de límites.

La placa Africana es una placa tectónica continental que cubre el continente africano y que se extiende hacia el oeste hasta la dorsal mesoatlántica. Las placas limítrofes son:

  • Al Norte la placa Euroasiática y la placa Arábiga.

  • Al Sur la placa Antártica.

  • Al Este la placa Australiana, la placa India y la placa Arábiga.

  • Al Oeste la placa Sudamericana y la placa Norteamericana.

Todos los límites de la placa Africana son muy divergentes, excepto el que tiene con la placa Euroasiática. La placa abarca varios bloques continentales estables de rocas madres, los cuales formaron el continente africano durante la existencia de Gondwana hace unos 550 millones de años. Estos bloques son, del Sur al Norte, el Kalahari, Congo, Sáhara y el bloque africano del Oeste. Cada uno de estos bloques se pueden subdividir en bloques más pequeños y uniformes.

Uno de los aspectos más importantes de la placa es el Gran Valle del Rift en el Este, una fractura que está separando a una porción del continente, y de la placa, que eventualmente dividirá la placa en dos: la placa de Nubia y la placa Somalí. Actualmente muchos textos científicos ya explicitan estas dos placas. Así, por ejemplo, se dice que el estrecho de Gibraltar separa la placa Euroasiática de la placa de Nubia.

El movimiento de la placa Africana es de 2,15 centímetros al año aproximadamente, hacia el Norte. Los expertos estiman que se unirá al extremo sur de España dentro de 650.000 años, separando el mar Mediterráneo del océano Atlántico.

Fuente: Wikipedia

Castillo de Miravet

Las crónicas medievales vierten calificativos elogiosos del rey Jaime I, como conquistador, legislador, sabio, leal, valiente y humano. Sin embargo, un ensayo de un profesor de la Universidad de Barcelona tergiversa la historia, desmitificando su figura y reinado, y lo presenta ante el público como un rey cobarde, cruel y represor de colectividades de Valencia y Murcia.

La muerte le sobrevino en 1.276. En la recta final de su vida, estando en Alzira, D. Jaime otorgó su primer codicilio complementario del testamento que había redactado en el monasterio de Poblet en 1.272, y nombró albaceas a sus hijos D. Pedro y D. Jaime, con la recomendación que cumplieran las disposiciones testamentarias. El 23 de julio de 1.276, otorgaba su segundo codicilo que recoge disposiciones que denotan escrúpulos de conciencia. Poco después, el Rey salió de Alzira hacia Valencia y fallecía el 27 de julio de 1.276. Su deseo de llegar a Poblet no pudo cumplirse. Fue sepultado en la catedral de Valencia donde reposaron sus despojos hasta mediados de 1.278, año en que su hijo, Pedro III, los trasladó al monasterio de Poblet.

Al Monarca se le glorió en vida y mucho más después de muerto. La Crónica de Ramón Montaner relata que los duelos, llantos y lamentos empezaron por toda la ciudad, y no quedó rico-hombre, mesnadero, caballero, mujer o doncella que no fuera detrás del estandarte, declarándose tres días de luto en la ciudad de Valencia.

Acabada la reconquista en la Corona de Aragón, los templarios se ocuparon de defender las nuevas fronteras expuestas continuamente a los ataques granadinos. No obstante, en los años siguientes prestaron otros importantes servicios a la Corona.

Pedro III el Grande, sucedió a su padre en 1.237. La conquista de Sicilia (1.282), feudo de la Santa Sede, provocó la excomunión del mismo, la puesta en entredicho de sus reinos y la cesión de éstos a la Corona de Francia. Los templarios, de nuevo, se veían ante una difícil situación, la obediencia al Papa o la fidelidad a la Corona de Aragón, que tan generosa había sido con ellos. Oficialmente no se opusieron a la voluntad papal, pero sirvieron fielmente a Pedro III. Dirigidos por Berenguer de Sanjust (Comendador de Miravet), los templarios catalanes y aragoneses protegieron el reino contra los invasores junto al ejército de Pedro III, a pesar de que estos venían contra la Corona Aragonesa en nombre del mismo Papa.

Tras la acción relámpago del estado francés en Octubre de 1.307, contra los templarios y las confesiones bajo tortura de sus miembros detenidos por delitos como: ritos idolátricos, sodomía y prácticas blasfemas, etc., el papa Clemente V ordenó a los príncipes cristianos el arresto de todos los miembros de la Orden del Temple. En principio, Jaime II, ya rey de Aragón desde 1.291, se negó a las pretensiones del monarca francés “…Han sido siempre fieles a nuestro servicio reprimiendo a los infieles.” No obstante, cambió de postura iniciando el proceso contra los templarios en la Corona de Aragón.

Algunos castillos como el de Peñíscola se rindieron sin apenas resistencia. Pero otros se apresuraron a tomar las armas para defender su inocencia. La fortaleza de Cantavieja resistió el asedio de las tropas reales desde enero hasta agosto de 1.308, solicitando finalmente el indulto de los sesenta defensores de la misma. Castellote, el castillo de Villel, la Alfambra y Miravet, que capituló en diciembre, fueron cayendo ante el ejército real. Tan sólo quedaba Monzón, donde la situación de su castillo le confería un carácter inexpugnable. El 24 de mayo de 1.309 se rendía el castillo de Monzón tras haber agotado sus defensores sus fuerzas.

Las crónicas de los Jueces de Teruel nos informan de estos hechos:

…En esti año fue destruido el Temple et el Papa Juan XXII dio la sentencia en Viana et fizieron estrado et vestidos de duelo porque destruian tan alta orden et fueron vestidos de maregas; aquel año fueron sobre Villel et todos los otros lugares de los templeros destruidos et cercados”.

El 22 de Mayo de 1.312, el papa Clemente V decretó la abolición de la Orden del Temple. Poco después reconoció la posibilidad de juzgar a los consejos provinciales de la Orden por separado, a excepción de Francia.

Los templarios de la Corona de Aragón fueron encontrados inocentes el 7 de Julio de 1.312 en el Concilio de Tarragona. Sus posesiones pasaron a la Orden del Hospital, excepto las posesiones del Temple en Valencia, donde se creó la Orden de Santa María de Montesa con el objeto de defender la frontera del reino.

Fuente:http://www.aragonesasi.com/historia/militia/documento6.php

                                                                          Jaime I – El Conquistador

Jaime I el Conquistador fue educado hasta los 9 años en el castillo templario de Monzón, como si de un caballero templario se tratase. A esta edad se vieron obligados a dejarle marchar dada la delicada situación del reino.

Durante su minoría de edad se produjeron una serie de luchas señoriales que pretendían anular o condicionar la autoridad regia para imponer su voluntad y mantener o incrementar sus privilegios y riquezas. Para acabar con estos problemas convocó en 1.225 una reunión en Tortosa, con presencia de los estamentos eclesiástico, nobiliario y popular, y promulgó un acuerdo de paz.

Después comenzaron las empresas conquistadoras de los reinos de Mallorca (1.229) y de Valencia (1.238) e impulsó una brillante actividad legisladora.

Una vez acabada su minoría de edad, les presentó a sus súbditos el proyecto de la conquista de Mallorca. Los templarios apoyaron al rey y se embarcaron junto con él a la conquista de la isla. Al parecer los templarios no aportaron un gran contingente de hombres, pero su forma de combatir y la organización en el campo de batalla les hacían temibles, se puede afirmar que dicha orden era la mejor tropa que Jaime I poseía en todo su reino.

Según el filólogo Rafael Alarcón Herrera, desde el inicio de la aventura se encuentran presentes los valores espirituales de los templarios, pues dicha orden había incluido ya en 1.129 a las Baleares en su lista de territorios a conquistar, un año antes de su reconocimiento, en el concilio de Troyes, por lo que al parecer aludieron al monarca que la invasión era voluntad de Dios; hecho que pudo haber animado al joven rey, dada la relación con su nacimiento y educación en dicha casa. De hecho, buena parte de la conquista fue planeada y ejecutada por los templarios.

El rey les recompensó, agradecido por sus servicios, con importantes posesiones en Mallorca, entre las que destaca el castillo de la Almudaina, el barrio judío, más de la tercera parte de la ciudad y la concesión de un puerto exclusivo para la orden.

Una vez conquistada Mallorca y contentados los intereses catalanes (pues las cortes catalanas de 1.228 habían organizado la conquista de Mallorca en respuesta a sus intereses comerciales, amenazados por la piratería mallorquina), Jaime dirigió su vista hacia el reino moro de Valencia según las propuestas de los aragoneses (pues las Cortes aragonesa mostraban su interés en asegurar su frontera sur y propusieron en las Cortes Generales de 1.232 la campaña de Valencia).

En 1.231, el rey se reunió en Alcañiz con Blasco de Alagón y las órdenes religiosas que habían proseguido por su cuenta la lucha de frontera en el Maestrazgo mientras las fuerzas reales y la hueste levantada en 1.228 se centraban en Mallorca. Para 1.233 y de forma independiente, el noble aragonés Blasco de Alagón rompió el sistema defensivo musulmán al tomar Morella. La caída de la fortaleza hacía plausible tomar Valencia pese a las reivindicaciones de Castilla y la tibia recepción que tenía el proyecto entre los catalanes que hasta fechas tan tardías como 1.235 priorizaron Ibiza y Menorca.

La conquista de Valencia, fue apoyada por el Papa Gregorio IX concediendo en 1.237 Bula de cruzada con remisión de los pecados a los combatientes y atrayendo el interés de cruzados y órdenes militares.

Los templarios, una de las principales fuerzas en la Corona, tenían un interés claro en continuar las guerra santa contra los musulmanes y bases en las cercanías como Cantavieja. Asimismo, el rey, enfrentado al arzobispo de Zaragoza Sancho de Ahonés, por motivos nobiliarios, tuvo en la campaña de Valencia una buena ocasión de recuperar el favor de la Iglesia.

La expedición finalizó con la capitulación de Valencia a las tropas del rey Jaime I el 9 de Octubre de 1.238 con importante participación templaria. De nuevo el monarca les recompensó generosamente, pasando a ocupar un puesto destacado en el nuevo reino cristiano de Valencia que instauró Jaime I, administrando el tesoro del reino.

En los diplomas, Jaime I comenzó a titularse Rey de Valencia, incluso antes de conquistar el “Cap i casal del regne”. Un arbitraje del 30 de Septiembre de 1.236, redactado en aragonés, en la villa de Tarazona, así lo confirma:

“Nos Jayme, por la gracia de Deus rey Daragon et de Mayorchas et de Valencia, comte de Barcelona et de Urgel et sennor de Montpeller”.

Ganada y ocupada la ciudad de Valencia, la intitulación fue: “Jacobus” o “Nos Jacobus Dei gratia rex Aragonum, Maioricarum et Valencie, et comes Barchinone et Urgelli et dominus Montispesullani” en latín, o bien, “Rey Darago, de Mallorques, de Valencia, Compte de Barcelona, et de Urgell, et Senyor de Montpesler” en romance, como constata el Libre dels Furs.

Intitulación que registran la mayoría de los documentos y sellos reales del Conquistador y reflejan la voluntad institucional del Monarca de crear un nuevo Reino independiente en el seno de la Corona de Aragón.

Jaime I mantuvo unas excelentes relaciones con los templarios a lo largo del resto su reinado, que incluyó diversas luchas con los moriscos que quedaban en el reino valenciano y campañas en las nuevas fronteras al sur. Estos le apoyaron incluso en la campaña contra el reino de Murcia, dirigida por Pere de Queralt, Mariscal del Temple en Aragón.

En 1.264, la sublevación mudéjar obliga al rey Alfonso X el Sabio a pedir ayuda a su suegro Jaime I de Aragón, que basó su política en la amenaza y en la persuasión. Aunque había encontrado una fuerte oposición en la nobleza, llegó a este reino y pobló Murcia con 10.000 hombres entre aragoneses, catalanes (ilerdenses), y castellanos como participantes en la reconquista bajo la dirección del infante don Manuel, hermano del rey sabio, y los maestres de las Órdenes de Santiago y el Temple.

Jaime I, en los primeros meses de 1.266, tomará Murcia y en cumplimiento del tratado de Almizra entregará el dominio al rey castellano dentro del papel desempeñado por la Corona de Aragón en la conquista de Murcia y su posterior repoblamiento.
Tras los hechos de armas en el sitio, toma de la ciudad de Murcia y la posterior devolución del reino a su yerno Alfonso X, dejó buena parte de su séquito, como colonos y propietarios en Murcia.
Los pobladores murcianos del siglo XIII eran artesanos, comerciantes y labradores. Se les unieron grupos minoritarios de la Península Itálica, quizás ricos comerciantes y gentes más modestas, milaneses y lombardos, acompañados de portugueses, valencianos y mallorquines.

Jaime II el Justo, nieto de Jaime I, tomaría la villa de Alicante en 1.296, veinte años después de la muerte del rey conquistador, y le otorgó fuero valenciano en el año 1.308.

Continuará…

Castillo de Monzón

Ramón Berenguer IV el Santo, fue conde de Barcelona, Gerona, Osona y Cerdaña, y de Aragón fue Princeps que en la época significaba primus inter pares (no debe confundirse con el título de Príncipe).

Ramiro II fue el rey hasta su muerte y se apresuró a pactar con las Órdenes beneficiadas por el testamento de Alfonso I. La Orden del Temple fue la más beneficiada, quizás porque el propio Ramón Berenguer IV se había adherido a la orden, al igual que lo había hecho su padre, Ramón Berenguer III, quien habría sido el primer caballero templario de la península Ibérica.

Mediante la Concordia de Gerona (27 de Noviembre de 1.143), el Temple renunció a sus derechos a la tercera parte del reino de Aragón, a cambio de los castillos de Monzón, Mongay, Chalamera, Barberá, Remolinos y la promesa de Corbins (cuando fuera conquistado), y otros muchos privilegios como la promesa de entregarles la quinta parte de las tierras arrebatadas a los musulmanes. En el mismo acuerdo, la Milita Christi o Militia Caesaraugustana, que había recibido el castro de Belchite, de manos de Alfonso VII, fue incorporada al Temple. La Concordia fue ratificada mediante Bula de Eugenio III (30 de marzo de 1.150) y luego por el papa Adriano IV en 1.158.

Una vez asentados en Aragón, los Templarios participaron activamente tanto en la reconquista como en la defensa de las fronteras. Junto con las tropas de Ramón Berenguer IV sitiaron Tortosa, colaboraron en la ocupación de Lérida y dirigieron el sitio del castillo de Miravet.

En Miravet los musulmanes contaban con un rivat o rábita, los combatientes islámicos se encerraron en un convento fortificado dispuestos a morir antes que a rendirse, al que debe su nombre M´ravit (algunos historiadores creen que estos rivat pudieron ser el precedente de los monjes guerreros cristianos). Por estas actuaciones, los templarios fueron generosamente recompensados, recibiendo varias posesiones entre las que destaca el Castillo de Miravet.

Las donaciones de Ramón Berenguer IV continuaron a lo largo de su vida. A su muerte (1.162) se puede afirmar que los templarios estaban plenamente asentados en el reino de Aragón, participando activamente en la vida política del mismo.

La función de “princeps” (acaudillar el ejército, disponer tenencias, dictar cartas de población, etc.) estaba vedada a la reina por su condición femenina. Por ello, Petronila quedó con la dignidad regia que se hizo efectiva en sus testamentos y en la abdicación en su hijo Alfonso el 18 de julio de 1.164, mientras que desde 1.162 ejerció el poder un consejo de magnates aragoneses y barceloneses, el arzobispo de Tarragona, altos prelados, hombres ricos y barones de ambas procedencias, y representantes de las principales ciudades. Para ratificar este consejo regente se reunieron las primeras Cortes de Aragón documentadas el 11 de Noviembre de 1.164 en Zaragoza, pocos meses después de la transmisión de la herencia conjunta del reino y condados por parte de Petronila. La regencia de este consejo de notables en las decisiones de gobierno se extendió desde la muerte de Ramón Berenguer hasta 1.173, año en que su hijo Alfonso II el Casto, con dieciséis años, contrajo matrimonio y obtuvo así su mayoría de edad para poder legalmente encabezar el gobierno de sus tierras y pueblos.

En el año 1.163 continuaba la ofensiva aragonesa en la margen derecha del río Ebro, conquistando la mayor parte de las actuales tierras turolenses.

La colaboración decisiva de los templarios en estas conquistas es nuevamente agradecida por la monarquía aragonesa, recibiendo compensaciones económicas y posesiones como el castillo de Orta de San Juan.

Alfonso II, al igual que lo hiciera su antecesor Alfonso I, insistió en formar una milicia netamente aragonesa. Así que cedió al Conde Rodrigo el Señorío de Alfambra, donde fundó en 1.174 la Orden de Monte Gaudio. Esta nueva milicia, que contó pronto con bienes incluso en Palestina, recibió importantes donaciones por parte del monarca aragonés.

En 1.188 se unirá a la del Hospital del Santo Redentor, fundada en Teruel conociéndose como Orden del Santo Redentor de Alfambra. Incorporaron también a sus dominios Castellote y en 1.194 el monarca les cedió el desierto de Villarluengo.

Sin embargo, Alfonso II aprobó en 1.196 que todas las posesiones en Aragón recibidas por la Orden de Monte Gaudio pasaran al Temple. Estas nuevas posesiones fortalecieron el poder del Temple en la frontera con el reino moro de Valencia. La acción de los monjes guerreros fue decisiva para asegurar la defensa del Reino de Aragón frente a los ataques valencianos.

Alfonso II tuvo un destacado papel en el Midí francés, incorporó a la corona el condado de la Provenza en 1.166 y el Rosellón (1.172), posteriormente ocupó Niza, donde numerosos señores languedocianos le prestaron fidelidad y homenaje.

Durante el reinado de Pedro II ”el Católico”, los fondos de la Corona ya estaban agotados, con lo que recurrió con frecuencia a préstamos tanto de judíos, como a reyes vecinos y templarios para armar sus expediciones. Los vasallos del Midí francés imploraban la protección del rey de Aragón frente a los ataques de los cruzados convocados por el Papa Inocencio III para poner fin a la herejía albigense. Pero la invasión almohade hizo necesaria la intervención de Pedro II, que acudió a la ayuda de Alfonso VIII de Castilla junto con un ejército formado por gentes ultrapirenaicas, aragonesas y catalanas. Es probable que en esta expedición acudieran templarios aragoneses, pero no hay constancia documental. Pedro II regresó de la batalla de las Navas como gran vencedor.

El aumento de su fama hizo que sus vasallos del Midi francés imploraran con más fuerza su presencia ante la masacre que estaban realizando los Cruzados al mando de Simón de Montfort. Esta situación colocó a los templarios aragoneses entre la espada y la pared: por un lado la lealtad a su rey y por otro su voto de obediencia al Papa.

Los templarios no acompañaron a Pedro II a la defensa de sus vasallos del Midí. No obstante, tras la tragedia de Muret (1.213) donde perdió la vida, acogieron a su heredero Jaime I tras negociar con el Papa. Así que Jaime fue instruido por los Templarios en el castillo de Monzón. De esta manera se truncaba la posibilidad de lograr la consolidación de los territorios ultrapirenaicos de la Corona de Aragón.

Continuará…

Alfonso I – El Batallador

El éxito de la Primera Cruzada se había extendido rápidamente por los reinos de Europa. El mismo rey de Aragón, Pedro I, al frente de un numeroso grupo de caballeros hispanos, se disponía a marchar a Palestina, cuando el pontífice les recordó la obligación de defender su propia tierra de los almorávides.

El ideal cruzado llevó al rey Pedro I a sitiar Zaragoza. Antes de abandonar su asedio, en el mes de Julio de 1.101, fortificó a 5 kms. de Zaragoza el lugar de “Deus o vol” (hoy Juslibol), grito de guerra cruzado.

La muerte de Pedro I en 1.104, dicen que de la tristeza que le produjo ver morir a sus dos hijos en 1.103, hizo que su hermano Alfonso fuera coronado rey de Navarra y Aragón.

Alfonso I conocido como el Batallador, reinó en Aragón y Navarra entre 1.104 y 1.134 año de su muerte. Al principio su figura no parecía destinada a grandes gestas. Durante el primer lustro de su reinado, se limitó a proseguir la labor de sus antecesores Sancho Ramírez -su padre- y Pedro I -su hermanastro- en un frágil reino que asistía a la desmembración de la dinastía taifa yemení de los Banu-Hud, a la pujanza de los señores de Urgel y los condes de Toulouse, y a la fortaleza inapelable de Castilla, cuyo rey Alfonso VI, dispuso la boda de su heredera Urraca con Alfonso. Contrajeron matrimonio en septiembre de 1.109 y desde esa fecha se enzarzaron en una lucha sin cuartel por los derechos patrimoniales de Castilla.

La orden de Cluny y la nobleza borgoñona apoyaban a Urraca (la reina se había casado con Raimundo de Borgoña en 1.090, fallecido en 1.107, y de ese enlace nació Alfonso Raimúndez, el futuro rey Alfonso VII el Emperador), en tanto que la burguesía de las ciudades fiaba sus cartas al Batallador.

Alfonso I era el segundo hijo del segundo matrimonio de su padre, el rey Sancho Ramírez con Felicia de Roucy. Es probable que en su juventud visitara a su familia materna al otro lado de los Pirineos, llegando a tener una fuerte amistad con los que luego serían sus aliados en los campos de batalla como su primo Rotrou II, conde de Perche, y de Gastón de Bearn, Castan y Lope Garcés Peregrino entre otros.

El ideal cruzado que vivió Alfonso I ya desde niño marcó toda su vida y su trayectoria como rey. Todas las empresas del monarca estuvieron encaminadas a la toma de Tortosa y Valencia, desde donde podría embarcar sus tropas hacia Jerusalén. Este afán llevó a que más de 25.000 kms. fueran reconquistados durante su reinado, ganándose el sobrenombre de el Batallador.

Zaragoza (Al-Bayda, “La Blanca, La Augusta”), pieza clave para conseguir sus objetivos, capituló el 18 de diciembre de 1.118, después de que el Papa hubiera proclamado su conquista como una nueva cruzada en el Concilio de Toulouse (1.118). A esta empresa contribuyeron caballeros llegados de la Primera cruzada, entre ellos Gastón de Bearn, que había participado en la conquista de Jerusalén. Por su inestimable ayuda, dirigiendo la construcción de máquinas de guerra, fue nombrado señor de Zaragoza por Alfonso I.

Es probable que en los contactos con Gastón de Bearn, el obispo Esteban de Huesca y Lope Garcés Peregrino, el monarca tuviera conocimiento de las actuaciones de los monjes guerreros en Palestina, ya que todos ellos habían participado en la Primera cruzada. Fascinado por estas historias, el rey no dudó en imitar estos movimientos, fundando él mismo Órdenes similares en su reino.

En 1.122, fundó una Militia Christi, la Cofradía de Belchite, primera orden militar de España, a semejanza de la Milicia de Jerusalén, según carta del Arzobispo Guillermo de Aux, para someter a los sarracenos y abrir un camino a Jerusalén pasando el mar.

Los cofrades y sus bienhechores recibieron beneficios de cruzada. La Militia Christi tuvo otra base en la recién fundada ciudad de Monreal, fundada dos años más tarde que la de Belchite, en 1.124.

Posteriormente, se le asignó el castro de Belchite, por mano del rey Alfonso VII de Castilla en 1.136, quien la llama Militia Caesaraugustana y confirmando a López Sanz como rector de la misma. Esta orden fue integrada en la Orden del Temple por la Concordia de Gerona en 1.143.

Muertos frente al enemigo Gastón de Bearn y el Obispo Esteban el 24 de mayo de 1.130, la viuda de Gastón, Talesa (prima carnal de Alfonso I), cumple la última voluntad de su marido, dejar a la milicia del Temple, para que pudiera proseguir la reconquista, todas las tierras que tenía en Zaragoza y en Sauvelade. Ya Lope Garcés Peregrino, junto con su esposa, había dejado parte de sus bienes para después de su muerte, al Altar del Santo Sepulcro y al hospital de Jerusalén en 1.120.

Alfonso I, preocupado por su sucesión, dictó su primer testamento en el asedio de Bayona en Octubre de 1.131, e hizo que lo firmaran y acataran la mayor parte de los tenentes del reino. Este testamento fue confirmado el 4 de Septiembre de 1.134, tres días antes de su muerte.

“…Para después de mi muerte, dejó como heredero y sucesor mío al Sepulcro de Señor que está en Jerusalén y a los que lo custodian y sirven allí a Dios; y al Hospital de los pobres de Jerusalén; y al Templo de Salomón con los caballeros que vigilan allí para defender la cristiandad. A estos tres les concedo mi reino. También el señorío que tengo en toda la tierra de mi reino y el principado y jurisdicción que tengo sobre todos los hombres de mi tierra, tanto clérigos como laicos, obispos, abades, canónigos, monjes, nobles, caballeros, burgueses, rústicos, mercaderes, hombres, mujeres, pequeños y grandes, ricos y pobres, judíos y sarracenos, con las mismas leyes y usos que mi padre, mi hermano y yo mismo tuvimos y debemos tener.” (Fragmento del Testamento de Alfonso I)

La derrota de Fraga y la muerte de Alfonso I produjeron un pánico excepcional en Aragón. La línea fortificada de separación con los musulmanes retrocedió en algunos puntos hasta donde se encontraba en el siglo XI.

Era impensable que las Órdenes militares pudieran ponerse al gobierno de los reinos de Navarra y Aragón, además de que el testamento de Alfonso I era contrario a las normas jurídicas navarro-aragonesas, ya que las tierras de Aragón, Pamplona, Sobrarbe y Ribagorza eran patrimoniales, por lo que debían pasar a la familia del difunto. Tan solo podía disponer de los acatos como era el caso del Regnum Caesaraugustanum, territorio equivalente al de la antigua taifa de Zaragoza. Por otro lado, perjudicaba también los intereses de la nobleza, ya que chocaba con el usus terrae.

Hay que recordar que el primer testamento data de 1.131 y la Orden del Temple recibió sus estatutos en 1.128 con lo que sorprende hasta que punto las cruzadas marcaron la vida del monarca al testar a favor de instituciones tan nuevas. Al igual que el resto de órdenes beneficiadas por el testamento, eran extranjeras, no nombró herederas a las órdenes que él mismo había fundado.

El primer resultado de este testamento fue la fragmentación definitiva entre los reinos de Navarra y Aragón. Los navarros se apresuraron a proclamar rey a García Ramírez, descendiente de la monarquía histórica pamplonesa. Por otro lado los aragoneses coronaron a Ramiro II (hermano de Alfonso), dada su condición de monje, para lograr el reconocimiento de los nobles, tuvo que buscar a alguien que ejerciera en su nombre. Los esponsales de su hija Petronila con el Conde de Barcelona Ramón Berenguer IV solucionaron el problema.

Continuará…

En las “Genealogías de Roda”, llamadas también Genealogías de Meyá, se encuentran referencias al linaje y las relaciones de parentesco de Aznar Galindo. Estas se denominan así por el nombre del código en que se nos han transmitido. Su redacción original se cree que fue en Nájera, sede de la corte Navarra, hacia el 980-990. Se trata por tanto de una obra de inspiración de la dinastía navarra del momento, la llamada Jimena (o segunda); de forma que su objetivo último habría sido el de explicar las relaciones familiares que unían a esta dinastía con sus predecesores de la primera, los Arista, y con la dinastía condal aragonesa fundada por Aznar Galindo.

En dichas genealogías el antropónimo Galindo aparece de forma repetida en tres linajes, hasta el punto que pudiera considerarse como un auténtico nombre de familia: los de Galindo Belascontenes, Aznar Galindo, y Galindo Jiménez de Pinitano.

La familia de Galindo Belascotenes sólo aparece mencionada de pasada para recordar que aquél era el padre de García el Malo, casado con una hija de Aznar Galindo; aunque algunos datos más tendríamos del personaje si le identificáramos con el Ibn Balaskut de las fuentes hispano-arábigas. En todo caso se trataría de una familia poderosa, emparentada con la de Aznar Galindo pero rival de ésta por el control del primitivo condado aragonés.

El linaje de Aznar Galindo sería el mejor conocido, por constituir al final el origen de la histórica dinastía condal aragonesa. De procedencia también aragonesa, además de emparentar con la familia de Galindo Belascotenes lo haría con el linaje de Iñigo Arista, que a principios del siglo IX se afianzó en el dominio de Pamplona, y con los aliados y parientes de este último, los muladies Banu Qasi, que antes de la invasión islámica habían dominado en Olite y Ejea.

El tercer linaje, el de Galindo Jiménez, parece radicado en la zona de Sos del Rey Católico y el vecino valle del río Veral, si consideramos hijo de este Galindo Jiménez al Jimeno Galindez de Berale de las Genealogías.

Estos dos últimos linajes todavía mantenían como nombre de la familia el antropónimo Galindo a mediados del siglo X, si consideramos descendientes suyos respectivamente a los dos barones Galindo Ysinari et Scemeno Galindonis iudicantes Aragone de un documento del 948. De esta forma podríamos hablar de unos linajes nobiliarios caracterizados por el antropónimo Galindo cuya esfera de poder a finales del siglo VIII se extendía por la porción occidental del Pirineo oscense, desde Boltañá hasta Sos. Tal vez descendieran todos ellos de un mismo tronco común de tiempos visigodos, al que perteneciera propiamente el nombre Galindo.

Ciertamente los tres linajes Galindo de las Genealogías de Roda usan de antropónimos de tradición vasco-navarra: Belasco, García, Jimeno y Aznar. Pero a diferencia de los otros dos grandes linajes navarros de los Arista y Jimeno, con los que emparentarían, las diversas familias Galindo ofrecen también desde un principio muestras de una onomástica de tradición gótica.

La mujer de Aznar Belascotenes se llamaba Fakilo, nombre que reaparece testimoniado en Bigorra en los siglos IX y X. Oria, hermana de Jimeno Galindonis de Beral y esposa de un Guntislo, bastardo de Galindo Aznar II, era hija de un tal Quintila.

Por su parte de la familia de Aznar Galindo conocemos una Aylo, hija del fundador de la casa condal aragonesa, una Andregoto, su tataranieta; un Mirón, también tataranieto del mismo y el ya citado Guntislo.

Visigotismo onomástico que parece convenir perfectamente con los orígenes del mismo nombre Galindo. Porque la verdad es que éste se corresponde con una antiguo etnónimo, los Galindai.

Estos en otro tiempo constituyeron una fracción popular de los Aestios de Prusia Oriental citados por Tácito en su obra Germania, como emparentados lingüísticamente con los britanos; tal vez un grupo protobáltico que desde muy pronto habría recibido influencias germanizantes de pueblos asentados en su vecindad. Según Tácito, los aestios vivieron a orillas del mare Suebicum (mar Báltico), hacia el este de los suiones (escandinavos) y hacia el oeste de los sitones. Eran una población de Suebia. Su nombre pervive en los estonios.

Los Galindai fueron ya mencionados por Ptolomeo como vecinos de los Sudinoi y su nombre se conservaría en una comarca medieval de Prusia (Galanda, actual Golenz). Los Galindai, como el resto de los Aestios, entraron en un contacto estrecho con los Gutones con motivo del asentamiento de estos últimos en el bajo Vístula. Nada extrañaría, por tanto, que algunos linajes de los Galindai bálticos se unieran a la gran migración gótica, que les habría conducido primero a las llanuras de Ucrania y finalmente a la Aquitania y a la Península ibérica, posibilitando así la posterior reaparición de tal nombre, ya como un antropónimo vinculado a nobles linajes, en los Pirineos occidentales.

Esta larguísima e inaudita emigración de los Galindo podría explicarse todavía mejor si consideramos que el famoso linaje real visigodo de los Balthos tenía también su origen en un antiguo grupo étnico de la zona báltica, concretamente en la isla llamada Basilia o Baltia. Los Galindo del siglo VIII hundirían así sus raíces en una antiquísima Sippe goda que habría estado estrechamente vinculada con la poderosa de los Balthos. Habiendo esta última protagonizado la etnogénesis visigoda y el Landnahme aquitano del 418 y es lógico que sus Hausherren se beneficiaran en grado sumo del primer asentamiento y reparto de tierras, de ahí su enraizamiento social y económico cuatro siglos después en una zona muy próxima al primitivo asentamiento godo.

Los Galindo habrían podido tomar pie en estas tierras pirenaicas al mismo tiempo que los grupos de taifales de Tafalla, y habrían conservado un cierto recuerdo de su identidad étnica hasta fechas muy tardías, al igual que éstos. Pero los Galindo también se habrían aculturizado, habrían emparentado con linajes vascones de la zona y habrían sabido aliarse convenientemente con los poderes dominantes a uno y otro lado de la gran cordillera según fuera lo más conveniente para sus intereses. Así los Galindo parecen ejemplificar en su historia familiar ese proceso de aculturización vascona, con elementos franco-aquitanos e hispano-visigodos, reflejados materialmente en las necrópolis de Pamplona y Buzaga.

Como en tantas otras ocasiones unos linajes nobles de origen muy foráneo habrían sido pieza clave para procesos de coagulación étnica y política, en este caso de los grupos euskéricos del Pirineo occidental.

El visigotismo de los Galindo sin duda ayudaría también a comprender el surgimiento de un neogoticismo en la naciente Monarquía Navarra de finales del siglo IX. Algo parecido había podido producir entre los cristianos cántabro-astures-vascos el linaje visigodo de Alfonso. Los orígenes histórico navarro-aragoneses parecen así liderados por los intereses y tradiciones culturales y étnicas de linajes nobiliarios como los Galindo. Consecuentemente no parecería lógico que entre éstos últimos fueran más determinantes otras tradiciones que se remontasen a los tiempos prerromanos de los vascones euskéricos. Sin embargo una curiosa historia referida por las Genealogías ha dado pie para sostener el primitivo gentilicio y pagano de las familias de Galindo Belascotenes y Aznar Galindo. Concretamente la afrenda sufrida por García el Malo en Las Bellostas por su cuñado Céntulo Aznarez; en venganza de la cual habría dado muerte a su cuñado, repudiado a su mujer Matrona, hija de Aznar Galindo, y con la ayuda de Iñigo Arista y los Banu Qasi expulsado a éste de su condado aragonés.

García I Galíndez “el Malo”, Conde de Jaca, Aragón y de Saldaña a finales del s. VIII y principios del IX, padre de Galindo Garcés, Íñigo Garcés y de Velasco Garcés, jefe de los sirtaniyin. Según las Genealogías de Roda, era el padre de Quisilo, esposa de Sancho Jiménez (hijo de Jimeno Garcés y de Sancha, hija de Aznar Sánchez).

De este dato se desprende la suposición de un primer matrimonio con la madre de Quisilo, de cuya unión nacieron también Galindo Garcés e Íñigo Garcés, quienes le sucedieron en el gobierno del condado.

Poco antes de 809, cuando el valí musulmán Amrus b. Yusuf ocupó el territorio al norte de Huesca, murió su primera esposa. Fue en ese momento cuando solicitó la ayuda del conde Aznar Galindo I y cuando probablemente contrajo segundas nupcias con Matrona, hija de aquél.

Las Genealogías de Roda relatan que, tras haber sido burlado, mató a su cuñado, Céntulo Aznárez en la villa de Las Bellostas (Huesca), repudió a su mujer y contrajo terceras nupcias con una hija de Íñigo Arista (o Íñigo Íñiguez). Partidario de oponerse a la expedición franca de Carlomagno, con el auxilio de su suegro Íñigo Arista, expulsó a Aznar Galindo I del condado de Aragón y se hizo cargo del mismo. Según el “Chronicon Moissiacense”, en 816 los vascones eligieron como príncipe a Garsimiro, que ha sido identificado con Garsiam Muci, o lo que es lo mismo, con García el Malo, quien murió dos años más tarde de ser nombrado caudillo. En 818 fue substituido en los gobiernos de Jaca, Aragón y Saldaña por su hijo Galindo Garcés (818-833).

Fuente: Códice de roda

En la zona oriental de la Marca Hispánica, esos territorios deberían haber tenido alguna entidad política-administrativa en tiempos de los romanos y de los visigodos, aunque no se denominasen condados, ni hubiesen estado gobernados por condes en la época de los reyes de Toledo.

En la monarquía visigoda, los condes, situados en jerarquía por debajo de los duques, la máxima autoridad provincial, gobernaban solo las ciudades, con autoridad exclusivamente al ámbito urbano, a menudo delimitado por murallas, que excluían el distrito rural dependiente de la ciudad. Por consiguiente, para organizar los territorios ganados al sur del Pirineo, los francos no crearon ninguna entidad, sino que se limitaron a conservar las ya establecidas por las tradiciones administrativas de sus pobladores.

Inicialmente la autoridad condal recayó en la aristocracia local, tribal o visigoda, pero los intentos de convertir sus demarcaciones en señoríos hereditarios obligó a los carolingios a sustituirlos por condes de origen franco. De este modo, en Gerona, Urgel y Cerdaña hubieron de aceptar en el año 785 la autoridad franca que impuso el Imperio Carolingio en estas marcas como baluarte contra la pujante expansión del Emirato Cordobés del poderoso Abderramán I, ya independizado de oriente.

Asimismo, Carlomagno, que en esta época rivalizaba por el dominio de occidente con el Emirato de Córdoba, situó marqueses y consolidó su poder ocupando Ribagorza, Pallars, Cerdaña, Besalú, Gerona, Ausona y Barcelona donde estableció caudillos con prerrogativas militares para oponerse a las ofensivas árabes. A lo largo de todo el siglo IX los condados hispánicos dependerán del emperador carolingio.

Áreas geográficas que en distintas épocas formaron parte de la Marca son: Barcelona, Besalú, Cerdaña, Conflent, Ampurdán, Gerona, Jaca, Osona, Pamplona, Pallars, Perelada, Ribagorza, Rosellón, Sangüesa, Sobrarbe, Urgel y Vallespir.

Los condados pirenaicos orientales a partir del siglo XIII constituirían una entidad común que no solo dependía administrativamente del Imperio carolingio, el poder religioso en estos condados dependió del arzobispado de Narbona durante más de cuatrocientos años entre los siglos VIII y mediados del XII, cuando en 1.154 el papa Anastasio IV otorgó a la sede Tarraconense el título de metropolitana. Todo ello pese a los intentos en este periodo de restaurar un arzobispado propio similar al que tuvo el Reino Visigodo en Tarragona de Sclua (fines del IX) o Cesareo, que quiso restaurar el arzobispado en Vich en 970 sin conseguirlo. De tal modo que la Marca Hispánica dependía tanto del poder civil, como del poder religioso franco.

El territorio de la Marca Hispánica se estabilizó durante todo el siglo IX en una frontera entre el Reino de Carlomagno y la Marca Superior andalusí delimitada por las sierras de Boumort, Cadí, Montserrat y Garraf.

Los condados que posteriormente formarían el Reino de Aragón (Aragón, Sobrarbe y Ribagorza, de occidente a oriente), se constituyeron como marquesados carolingios al frente de los cuales se situó un marqués o gobernador franco.

El condado de Aragón se articulaba en torno al río Aragón, desarrollándose en los valles de Ansó, Hecho, Aisa y Canfranc, cuyo centro eclesiástico y cultural era el monasterio de San Pedro de Siresa y más tarde, la ciudad de Jaca.

Al final del siglo VIII, el poder carolingio, al frente del primigenio Aragón, situaron a un conde franco llamado Aureolo (Oriol o Aurelio), como “conde designado por los francos al otro lado de los Pirineos, frente a Huesca”, mencionado en los Annales Regni Francorum, que cubren la historia de los primeros monarcas carolingios desde 741 hasta 829. A su muerte en el 809 fuerzas de la cora Harkal-Suli, división administrativa del emirato de Córdoba que comprendía aproximadamente la actual provincia de Huesca, ocuparon fugazmente el condado de Aragón. Pero no se mantendría ni un año este dominio, pues en 810 el conde autóctono Aznar I Galíndez, posiblemente alzado al poder con el apoyo del rey de Pamplona Iñigo Arista, obtuvo de nuevo el condado. Posteriormente fue expulsado de estas tierras por García Galíndez “el Malo”, aunque como compensación le fue asignado el gobierno de los condados de Urgel y Cerdaña. A pesar de ello, Aznar I Galíndez estableció una dinastía condal hereditaria en Aragón desde la primera década del siglo IX, puesto que su hijo Galindo Aznárez I (o Galindo Aznar), gobierna el condado de Aragón desde los años 830 hasta mediados o finales de la década de 860, poder que se extendió también al condado de Pallars.

El condado, liberado de la dependencia de los francos, quedó sin embargo bajo la influencia del reino de Pamplona. A pesar de ello, el condado aragonés logró preservar su identidad social y administrativa.

Sobrarbe era un territorio sometido a la autoridad del valí de Huesca desde la ciudad de Boltaña, la ciudad fortificada de Alquézar y en última instancia, desde Barbastro, el núcleo urbano y comercial más importante de la zona. A partir del 775, está documentado Blasco de Sobrarbe como Señor de las tierras más septentrionales de este territorio para, poco después, integrar esta comarca norteña a los dominios del conde de Aragón. A comienzos del siglo X pasa a unirse al condado de Ribagorza tras el matrimonio de Bernardo Unifredo con Toda Galíndez, hija de Galindo II Aznárez, dotada con el condado de Sobrarbe.

Ribagorza tuvo en sus inicios una mayor dependencia de los francos, como era habitual en los marquesados más orientales. Desde el siglo IX está constituido como un territorio cristiano articulado por los valles de los ríos Noguera Ribagorzana y Noguera Pallaresa y la cuenca del Isábena. Estaba vinculado a los condes de Tolosa hasta que, tras la crisis del condado tolosano del último cuarto del siglo IX provocada por la violenta muerte del conde Bernardo II, un magnate local Raimundo I de Ribagorza-Pallars se erige como conde independiente del poder franco e inicia una dinastía propia. Al igual que sucederá con los condados más orientales, es en el siglo X el momento en que comienza la disgregación en condados independientes de la Marca Hispánica.

La tendencia a la rebelión de los gobernantes de la Marca Superior se vio acentuada por las tensiones que produjo la proclamación de Abderramán I como nuevo emir de Al-Ándalus, ya independiente del Califato abasí con sede en Bagdad.

Como resultado, varios líderes rebeldes invitaron al rey de los francos a cruzar los Pirineos. Carlomagno aceptó la invitación y en 778 entró en la península al frente de un ejército. Su acción no tuvo naturaleza antiislámica ni de defensa de la Cristiandad. No llegó a obtener la incorporación de la región al reino, pero sí la creación de una zona sometida “de iure” en virtud del vasallaje de diversas ciudades.

La invasión franca fue respondida por Abderramán con una expedición militar destinada a someter a los rebeldes, tanto cristianos como musulmanes. En este contexto, hay constancia de que el ejército del emirato sometió en 781 a ibn Balaskut “hijo de Blasco” que es identificado con Galindo Belascotenes, casado con Fakilo y padre de García “El Malo”.

La penetración franca no cesó, y hay constancia de una nueva expedición militar contra Huesca dirigida por Ludovico de Aquitania en el 800. Además, los valles del Pirineo se convirtieron a partir de entonces en refugio de rebeldes o discrepantes con el poder musulmán.

Basándose en los Annales Regni Francorum, Carlos Laliena considera que Aureolo era de la familia de los condes de Périgueux. Antonio Ubieto Arteta, indica que era hijo del conde Oriol de Périgueux. Según Christian Settipani, y basado en parte en la onomástica, Aureolus sería sobrino distante de Santo Eparquio, como sobrino de la mujer de Fruela de Cantabria, hija posiblemente de un Aurelio, aunque Aurelius y Aureolus sean nombres romanos distintos.

El historiador Antonio Durán Gudiol, considera más probable que el condado de Aureolo se ubicara en Sobrarbe. Se basa en que el terreno accidentado de esta zona facilitaría su defensa; en la construcción por los musulmanes de la fortaleza de Alquézar, que indica intención defensiva frente a una amenaza; y en la presencia de una familia cristiana que controlaría el territorio, encabezada sucesivamente por Blasco, Galindo y García. Durán también es de la opinión de que el condado sería consecuencia de la expedición contra Huesca de Ludovico en el 800, y que los francos pudieron aliarse con Galindo o con su hijo García y con Bahlul ibn Marzuq, caudillo musulmán rebelde establecido en Zaragoza y Huesca. Cuando este fue muerto por Jalaf ibn Rashid, el feudo se convirtió en un enclave rodeado de territorios controlados por los musulmanes.

Muy similar a la de Durán, es la postura del medievalista Fernando Galtier. Este denomina Cerretania al país que más tarde y de forma aproximada, sería conocido como Sobrarbe y que fue gobernado por Galindo Belascotenes, señor vascón montañés, partícipe en los sucesos de Roncesvalles, que fue víctima de la represión de Abderramán y se alió posteriormente con los francos, este caudillo controlaba el alto valle del Cinca al este, la sierra de Olsón al sur, el Serrablo (alrededor de Las Bellostas) al oeste y la depresión del Ara al norte. De esta forma, Cerretania se habría convertido en una base militar carolingia al sur de los Pirineos bajo el mando de Aureolo al tiempo que mantenía una cierta independencia. Aunque los lugares como Aínsa y Boltaña seguían bajo dominio musulmán.

Continuará…