La cultura íbera es el resultado de la sucesión de culturas desarrolladas en la Península ibérica desde la antigüedad, creándose como tal a partir de los primeros contactos con fenicios, etruscos, griegos y púnicos (s. X al VI a.C).

En el siglo V a.C. se puede hablar ya de una cultura completamente íbera, la influencia mediterránea es lo que da a la cultura íbera una cierta unidad cultural, pero la diferencian del resto de culturas mediterráneas por sus orígenes remotos en el neolítico, y a su vez en el paleolítico.

La lengua se cree que tuvo su origen en la cultura centroeuropea de Campos de Urnas, los análisis genéticos corroboran estas influencias, sin perder el sustrato lingüístico que habría antes de la llegada de estas gentes.

El desciframiento de la escritura ibérica, se inicia al menos 400 años atrás durante el Renacimiento. Entonces los estudiosos de la Antigüedad empezaron a interesarse por las monedas antiguas de Hispania, un buen número de las cuales llevaban leyendas escritas en unos signos que a diferencia de las griegas y latinas, no les eran comprensibles, lo que hoy llamamos escritura ibérica y que ellos denominaron «caracteres primitivos hispánicos».

Algunos vieron que ciertos signos de esta escritura ibérica presentaban semejanzas formales con las escrituras fenicia y griega, y eso propició algunos intentos de desciframiento. Quizás el primero en intentarlo fue Antonio Agustín, quien en 1.587 sugirió que la leyenda de una moneda hallada en Ampurias, que hoy leemos untikesken, significaba enporon, Ampurias en griego; Agustín lo adivinó a partir del parecido de los signos para la “n”, aunque no podía interpretar los demás. Con ese mismo método también identificó las letras s y ś. Después Vicencio Juan de Lastanosa hizo una importante recopilación numismática, el Museo de las medallas desconocidas españolas (1.645). A lo largo del siglo XVIII fueron varios los autores que se ocuparon de estos temas, haciendo aportaciones muy significativas. Luis José Velázquez, en un ensayo de 1.752, defendió el origen griego y fenicio de las antiguas escrituras hispánicas. Aunque su propuesta de desciframiento no era adecuada, al menos la vinculación con la escritura fenicia era correcta, pues hoy sabemos que en ella está el origen último de las antiguas escrituras hispánicas. Además, la semejanza formal con el griego y el fenicio le permitió identificar correctamente los signos ibéricos para los valores a, e, r y l.

El valenciano Gregorio Mayans Siscar, uno de los estudiosos más importantes de la epigrafía antigua de España, alardeaba en una carta que escribió a un amigo suyo en 1.759: «Vuestra merced no se canse de interpretar las monedas antiguas españolas, porque esa gloria la tiene Dios reservada para mí, cuando quiera emplear en ese estudio tres o cuatro meses». Sin embargo, en vez de tres o cuatro meses, habría que esperar más de 150 años para que la interpretación de las leyendas de esas monedas se hiciese realidad. También hubo autores que formularon hipótesis fantasiosas, como Juan Bautista de Erro, que en 1.806 rechazaba el origen griego y fenicio de la escritura ibérica y defendía lo contrario, que era la escritura griega la que procedía de la española antigua.

El estudioso francés Aloïss Heiss, en una obra de 1.870, incluía una tabla de leyendas de monedas en la que prácticamente todos los signos ibéricos estaban correctamente transcritos, pero fallaba una cosa: Heiss no se percató de que la escritura ibérica era una combinación de signos alfabéticos y silábicos, algo inesperado. Otro estudioso, el español Jacobo Zóbel, en un libro publicado en 1.880 descifró correctamente las vocales, varias consonantes (l, n, m, s y ś) e incluso algunos signos silábicos (ka, ke, ko y du). Por su parte, el alemán Emil Hübner, en la gran recopilación de inscripciones ibéricas que publicó en 1.893, afirmó que la escritura ibérica procedía de la fenicia y no de la griega, pero no tuvo en cuenta las propuestas de interpretación en clave silábica que ya habían puesto en circulación otros autores. Por otro lado, estudió las leyendas de las monedas siguiendo la estela de un autor anterior, Antonio Delgado. En su nuevo método de clasificación de las medallas autónomas de España, publicado en tres tomos entre 1.871 y 1.879, Antonio Delgado había desarrollado la idea de que en muchos casos las monedas con leyendas ibéricas procedían de la misma ceca o lugar de emisión que otras monedas con leyendas latinas, puesto que presentaban el mismo tipo de imágenes y tenían un área de dispersión similar. Esto significaba que el nombre de la localidad que figuraba en las monedas debía ser el mismo. Todo este trabajo previo sirvió de base a los estudios del arqueólogo e historiador español Manuel Gómez-Moreno, quien comprendió que este hecho podía constituir la clave para progresar en la interpretación de la escritura ibérica. Comparando las leyendas de monedas ibéricas y latinas producidas en una misma ceca, elaboró un cuadro de equivalencias fonéticas entre los signos de las leyendas de monedas ibéricas y los valores que, de acuerdo con las leyendas latinas correspondientes, era probable que tuvieran.

En la década de 1940, Gómez-Moreno estableció los valores fonéticos del conjunto de los signos de la escritura, de manera que ahora sabemos como deben pronunciarse términos como ekusu y karkoskar. Desgraciadamente, nuestra ignorancia de la lengua ibérica nos impide comprender el significado de estas palabras y el de los numerosos textos ibéricos que se han localizado, inscritos en láminas de plomo, cerámicas, monedas y lápidas.

Por otro lado, Gómez-Moreno vio bien claro que existían al menos dos variedades de escritura diferentes, la que él denominaba “tartésica” y la que propiamente llamamos ibérica. En un artículo publicado en 1.943 realizó una comparación de la escritura ibérica con otras escrituras del Mediterráneo.

Hoy en día sabemos que no hubo un solo sistema de escritura en la Hispania antigua, es decir, no hubo una única escritura ibérica. La que descifró Gómez Moreno es la escritura ibérica levantina, empleada para escribir tanto la lengua ibérica como la celtibérica; en ella están escritas la mayor parte de las inscripciones paleohispánicas que conocemos hoy.Escritura Ibero levantina.

La gramática y el vocabulario de la lengua ibérica siguen siendo en su mayor parte un enigma. En el caso de las otras variedades de antiguas escrituras hispánicas, la hoy denominada meridional y la llamada escritura de las estelas del suroeste o tartésica para otros autores, subsisten todavía muchas dudas en cuanto a la interpretación de varios de sus signos.

Tampoco se puede asegurar que los signos encontrados sean autóctonos, ya que la península Ibérica siempre ha sido un “puente” intercontinental, lugar de paso, encuentro, asentamiento y mestizaje con otros pueblos. A pesar de que los pueblos íberos compartían ciertas características comunes, no eran un grupo étnico homogéneo ya que divergían en muchos aspectos. Los íberos fueron pueblos que evolucionaron desde diferentes culturas precedentes hacia una serie de estructuras proto-estatales, viéndose ayudados por la influencia de los fenicios y luego de griegos y púnicos, que traerán consigo elementos como bienes de prestigio, que ayudarán a la diferenciación interna de los diversos grupos sociales.

Algunos estudiosos han sugerido la posibilidad de que los íberos podían tener su origen en el norte de África, pero los análisis genéticos de Igenea descartan por completo esta hipótesis. No existen por vía materna, los halogrupos U6 ni L de origen africano, en Igenea emparentan a los íberos con los celtas o incluso con los aquitanos.

Los iberos inicialmente se habrían asentado a lo largo de la costa oriental de España y más adelante se propagaron por la península ibérica. Los halogrupos más característicos de los íberos, son el R1b, H, T, U, V. Pudieron desplazarse hacia regiones que no ocupaban antiguamente, R1b y T son dos linajes con orígenes diferentes y ambos se considera que estaban en la Península en esa época, y también los maternos H, U y V, así como desaparecerían los I paternos y K maternos que en la antigüedad podrían haber sido los más comunes en el norte de la península.

No podemos conocer la composición genética de un íbero por los tests de Igenea. A lo sumo se puede intuir por los linajes directos que nos han llegado, pero los autosomas que es “la composición” aún no se puede completar. Según la publicación por Annals of Human Genetics, la composición genética de los íberos por vía materna era: H (52.9%); U (17.6%); J (11.8%); pre-HV (5.9%); K (5.9%); T (5.9%).

Se afirma que los íberos formaban parte de los habitantes originales de Europa occidental y fueron los creadores de la gran cultura megalítica que surge en toda esa zona, una teoría respaldada por estudios genéticos. Esos íberos serían similares a las poblaciones celtas del primer milenio antes de Cristo de Irlanda, Gran Bretaña y Francia. Posteriormente (según la interpretación más tradicional), los celtas cruzarían los Pirineos en dos grandes migraciones, en el siglo IX y el VII a.C. y se establecieron en su mayor parte al norte del río Duero y el Ebro, donde se mezclaron con los íberos para conformar el grupo Celtíbero.

+INFO:https://cosmoecologos.wordpress.com/2013/09/09/pueblos-de-la-peninsula-iberica/

Fuentes:
http://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/5716/1/Lucentum_25_02.pdf
www.igenea.com
http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/la-escritura-de-los-iberos_8742/6

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